Algunos criterios para evaluar y seleccionar literatura infantil y juvenil

October 24th, 2007 by Gustavo

Vocabulario. La elección de las palabras no es tarea fácil para quien escribe, pero si se escribe para el público infantil y juvenil, las palabras deben usarse a manera de filigranas que con su agilidad, limpieza y transparencia logren impactar la sensibilidad del lector. Algunas palabras dificultan la comprensión de la obra, sobre todo cuando son usadas dentro de contextos muy específicos como los localismos.

Muchas de las obras literarias que llegan al país, editadas principalmente en la Argentina y España, traen localismos propios de sus hablantes. Los maestros y los bibliotecarios deben documentarse para explicar estas dificultades a los lectores, leer con anterioridad el libro y observar si los localismos pueden inferirse por el contexto y si la obra presenta un glosario que permita su interpretación, con el fin de que éstos, no se constituyan en una limitante para la comprensión, sino al contrario, enriquezcan al lector.

Un ejemplo del libro “Misterio en la Patagonia” de la autora Argentina María Teresa Andruetto, ilustra sobre el uso de localismos:
“…Después comimos guachalocro y pasteles de membrillo y enseguida, mi papá don Andrés, el puestero y Carmelito se pusieron a jugar al truco, hasta que se hizo la hora de volver a la ciudad… ”

Valores estéticos. La creatividad y el estilo son características fundamentales en la composición estética de la obra. El estilo es la manera en que un autor expresa sus ideas desde la estructura misma de la obra hasta el poder sugestivo de las palabras. El elemento creativo se presenta esencialmente en la riqueza de las palabras, en sus variaciones significativas y en la construcción de imágenes y símbolos que afectan directamente la sensibilidad del lector.

“El sol de los venados”, de la escritora Colombiana Gloria Cecilia Díaz , proporciona un buen ejemplo de una obra que con calidad estética, logra emocionar y aflorar los sentimientos de quien la lee:

“…Cuando Monona cumplió seis meses, papá se fue de viaje. El tío Raimundo lo invitó a su hacienda y papá, que adora el campo, no se hizo de rogar.

A los tres días de su partida, papá ya nos hacía una falta inmensa. Le tenemos miedo, es verdad, pero le queremos mucho. Cuando regresa de su trabajo, se sienta a leer el periódico y no lo podemos interrumpir porque se enoja. En la mesa nos exige un comportamiento impecable y nos obliga a dejar los platos limpios. ‘La comida no se tira, niños’, nos dice mientras nos muestra su cinturón.

Y nosotros, que comprendemos muy bien el mensaje, hacemos esfuerzos para comernos lo que no nos gusta, como la remolacha o la sopa de calabaza. Pero papá también ríe y hace bromas y nos dice que nos quiere mientras nos restriega su mentón contra el rostro haciéndonos cosquillas con su barba.

Una semana después de la partida de papá, mamá se volvió a enfermar. Una noche dijo a Tatá que se sentía mal como la otra vez. Tatá corrió a buscar a la abuela que estaba en casa de la señorita Elvira.

Eran casi las siete de la tarde y había empezado a llover a cántaros. La abuela entró en casa como si fuese un rayo desgajado de la tormenta. Se asustó cuando vio la palidez de mamá. Hizo que se acostara y la arropó como si se tratara de un bebé. Luego le preparó una bebida caliente y se la dio. La abuela nos ordenó a Tatá y a mí dar de comer a nuestros hermanos y acostarlos mientras ella iba a pedirle a la señorita Elvira que fuera a buscar un médico.

Mis manos temblaban mientras daba el biberón a Monona, y vi los ojos de Tatá llenos de lágrimas mientras enfriaba la sopa de Nena y de José.
¿Mamá se va a morir ? —preguntó el negro sin parar de jugar con la cuchara.
—¡Cállate, estúpido! —le gritó Tatá.
El Negro se puso a llorar y la pobre Tatá, condolida por haberlo tratado mal, intentó calmarlo.

En esas volvió la abuela. Estaba empapada, pues en su prisa ni siquiera se había llevado un paraguas.
Mamá se había adormilado. La abuela nos ayudó a meter a los pequeños en la cama. Luego, Tatá y yo nos sentamos a su lado, cerca de mamá. La abuela iba cada cinco minutos a la ventana a ver si veía llegar a la señorita Elvira. La lluvia no paraba, y el tac tac de las goteras que mojaban el piso de nuestra casa se oía a pesar del ruido del aguacero.

—Qué desgracia no tener teléfono —dijo la abuela.
Por fin llegó la señorita Elvira, pero sin médico. No había encontrado ninguno.
—¿En el hospital, señorita Elvira? —le preguntó la abuela con desesperación.
—Tampoco, doña Flora —dijo la pobre mujer angustiada.
—¡Matasanos de los diablos! ¡Ni siquiera hay uno en el hospital! Pero ¿por qué vive la gente en estos condenados pueblos? —exclamó la abuela en el colmo de la furia”.(4)

Con respecto a los valores estéticos de la poesía, es importante tener en cuenta que en la estructura de un poema intervienen otros elementos que deben ser inseparables de la función poética: el ritmo, la rima, la selección del léxico, los juegos fonéticos, las metáforas y demás figuras literarias.

Es un aporte de Ediciones del Sur.

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