La Falacia de Sentirse Desmotivado – Manuel del Pozo

May 14th, 2019

Cada uno de nosotros es responsable de su propia motivación.

Esperar a que nos motiven es una forma de engañarnos a nosotros mismos y de esconder nuestras debilidades e incompetencias.

Dos canteros estaban picando unos bloques de granito. Un visitante les preguntó lo que hacían. El primer cantero, de aspecto desaliñado, protestó: “Estoy cortando esta maldita piedra en bloques”.

El segundo replicó: “Estoy en este equipo de trabajo que construye la catedral”. Esta historieta, relatada por el ex-presidente de la aerolínea SAS, , ejemplifica la responsabilidad en el objetivo global de la compañía, pero también pone de relieve dos actitudes contrapuestas ante el trabajo y ante la vida.

Seguro que todos conocemos muchos casos como el del primer cantero. Personas que se pasan el día repitiendo incansablemente el latiguillo de “estoy desmotivado; en la empresa nadie me motiva”.

Oímos esta frase una y otra vez durante años y curiosamente siempre son las mismas personas las que dicen sentirse desmotivadas.

Existe una inclinación profundamente enquistada a que la gente se queje a menudo de que en su empresa nadie le motiva. Ésta es una de las principales causas por la que se generan ambientes desagradables.

Este tipo de personas buscan la motivación fuera de ellos y de este modo la responsabilidad también se queda fuera. Es la actitud de quedarse de brazos cruzados esperando la llegada del milagro: “aquí estoy, venga, motívame”.

Esta frase va seguida de una retahíla de excusas y de razones ficticias que se convierten en dardos contra el jefe y contra la sociedad en su conjunto.

Todo el mundo es responsable de esa
falta de motivación menos el sujeto en cuestión.

Hay que terminar con esta falacia que para lo único que sirve es para esconder las incompetencias y debilidades propias. Una persona no puede motivar a otra; cada persona se puede y se debe motivar a sí misma.

La única manera para conseguir que alguien haga algo es que lo quiera hacer. Cada uno de nosotros es responsable de su propia motivación.

Un motivo para actuar

Como lo define el experto en gestión José Ballesteros de la Puerta, motivación es dar o tener un motivo para poner acción. Hasta que una persona no considere su motivo o motivos suficientemente fuertes como para actuar, no actuará por sí mismo.

Una persona puede tener información para realizar una determinada tarea, puede tener capacidades y destreza, pero lo realmente importante y crítico es que desee hacerlo.

¿Significa esto que una persona no puede motivar a otra? ¿Es falso entonces que una de las principales cualidades del líder es que sepa motivar a su equipo?

Las palabras de un antiguo entrenador de fútbol pueden servir de ejemplo sobre lo que estamos comentando:

“Mi trabajo no consiste en motivar a los jugadores; ellos traen consigo una extraordinaria motivación; mi trabajo consiste en no desmotivarles”.

Si bien no podemos motivar a otro, lo que sí podemos hacer es ayudar a crear el clima apropiado que ayude a la automotivación.

En este terreno es fundamental que las empresas fomenten el sentimiento de pertenencia a un grupo; que la retribución sea digna; que existan posibilidades de superación y promoción; y que las personas puedan sentirse útiles y orgullosos de lo que hacen.

También es muy importante que los jefes de una organización creen canales de comunicación flexibles y eficaces que les permitan estar en contacto directo con todos los trabajadores. Este trasiego de conocimientos es una fuente inagotable de mejora.

Responsabilidad

Si bien es necesario que las empresas implanten mecanismos para ofrecer a los empleados los instrumentos necesarios para potenciar su trabajo -lo que los gurús denominan -, nada justifica la falta de motivación de la que hace gala mucha gente. Y este “nadie me motiva” lleva implícito un temor claro a la asunción de responsabilidades.

El consejero delegado de la empresa Make a Team, Juan Mateo, es muy duro al respecto:

“La responsabilidad vive malos tiempos; son muy pocos los que se responsabilizan de los actos que cometen cuando estos actos conllevan penalización o han culminado en situaciones ingratas; uno no se responsabiliza del fracaso, pero exige autoría cuando emerge el éxito”.

Queda claro que cada uno de nosotros somos responsables de nuestra propia motivación. Y lo que tenemos que ser capaces es de que dure. El gran enemigo del hombre es él mismo, y en nuestro interior ganamos o perdemos las batallas.

Una actitud mental positiva resulta fundamental para potenciar nuestros puntos fuertes, minimizar nuestras debilidades y mantener el fuego de la motivación, como cuenta Zig Ziglar en su libro Nos vemos en la Cumbre:

“Los domingos enciendo un fuego y me echo una siesta. Cuando me despierto, el fuego se ha apagado y los troncos humean. Me levanto, agarro el atizador y doy unos golpes a los troncos. Rápidamente brotan las llamas y nuevamente tengo un hermoso y llamante fuego. No echo más leña. Todo lo que hago es sacudir la que ya hay para que el oxígeno reactive el fuego”.

Todos tenemos ascuas dentro y lo único que debemos hacer es avivarlas, como nos enseña Zig Ziglar.

Capital humano

Las verdaderas fortalezas de las empresas residen en el capital humano y animar e impulsar su desarrollo puede ser vital para la supervivencia de una organización dentro del competitivo mundo en el que vivimos.

Resulta necesario que directivos y trabajadores hagan una profunda autocrítica de sus actitudes para buscar y mantener esa motivación que tanto nos preocupa.

Sólo así podrá convertirse en habitual una actuación como la que relata en todas sus charlas el vanidoso de Jan Carlzon, como ejemplo de lo que él dice que consiguió implantar en la aerolínea SAS:

Rudy Peterson era un hombre de negocios americano que estaba hospedado en el Grand Hotel de Estocolmo. Un día dejó el hotel y se dirigió al aeropuerto de Arlanda, al norte de Estocolmo, para realizar un vuelo a Copenhague y cerrar un negocio.

Cuando llegó al aeropuerto se dio cuenta de que había dejado su billete en el hotel. Lo había colocado encima de la mesa para ponerse el abrigo y se había olvidado de recogerlo. Todo el mundo sabe que no se puede subir a bordo de un avión sin billete, de modo que Rudy Peterson ya se había resignado a perder el vuelo y el negocio. Pero se llevó una agradable sorpresa cuando explicó su problema a una empleada. “No se preocupe, señor Peterson -le dijo-.

Aquí está su tarjeta de embarque, le daré un billete provisional si usted me dice su número de habitación en el Grand Hotel y su destino en Copenhague, yo me ocuparé del resto”.

Mientras Rudy Peterson esperaba en la sala de pasajeros, la empleada llamó al hotel e hizo que un botones subiera a la habitación a recoger el billete, que estaba donde Peterson dijo que estaría.

La empleada envió una limousine de SAS para recogerlo y traerlo directamente al aeropuerto. Todo fue tan rápido que el billete llegó antes de que saliera el vuelo. Nadie estuvo más sorprendido que Rudy Peterson cuando el asistente de vuelo se le acercó y le dijo simplemente: “Aquí está su billete”.

Lógicamente, para SAS resultó caro -por el coste de la limousine- el recuperar el billete, pero a cambió consiguió un cliente para toda la vida. La actitud de la empleada de la aerolínea fue un claro ejemplo de responsabilidad y de participación en el objetivo global de la compañía.

Claro está, Jan Carlzon nunca ha explicado lo que hubiera ocurrido si no llega a aparecer el billete.

Fuente: Todo MBA



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